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Historia del Edificio
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Artículos
sobre los personajes y la historia de este edificio
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El antiguo convento
de Franciscanas Descalzas en Ciudad Rodrigo
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1. Un
lugar con compleja historia.
Se trata de un lugar histórico, afectado por las visicitudes más
diversas.
Aquí estuvo el Palacio Episcopal en el siglo XIV y en él vivió y murió
el llamado "obispo resucitado", Don Pedro Díaz. En tiempos de Felipe V
se levantó en este solar un cuartel, ampliando las antiguas dimensiones.
Derruido el cuartel. el Obispo Fray Gregorio Téllez compró el terreno y
edificó el Convento de Franciscanas Descalzas, (las cuales llevaban en
la Ciudad desde el año 1605) terminándose las obras en 1739. El
Convento fue convertido en cuartel de artillería en 1810, obligando a
las religiosas a abandonarlo. Nuevamente fue devuelto a las
Franciscanas Descalzas en 1819, comenzando a habilitarlo en 1820.
En 1869, con la revolución de la Gloriosas, las religiosas se ven
obligadas a trasladarse al Convento de Santa Clara y el edificio es
expropiado. En 1870, tras las adaptaciones convenientes, es
transformado en cárcel, función que ha cumplido hasta tiempos bien
recientes. Parte de la zona sur y oeste se rehabilitó para servir de
Juzgados Comarcal y de Primera Instancia. En tiempos del Obispo Enciso
(1953), el Patrimonio del estado devolvió la propiedad del edificio a
la Diócesis de Ciudad Rodrigo, inscribiéndose en el Registro de la
Propiedad en 1986, la empresa Cofrandes (Convento de Franciscanas
Descalzas), compuesta por D. Ceferino Santos alcalde e hijos, compra el
edificio y lo convierte en Residencia de Tercera Edad.
2. Historia del convento por D. José Ramón Nieto González.
La primitiva fundación del convento de las Franciscanas tuvo lugar a
comienzos del siglo XVII, concretamente en 1605. Catalina Enríquez,
hija del primer marqués de Cerralbo, creó esa comunidad. En su ayuda
también intervino Inés Pacheco y Silva, otra dama de la oligarquía
mirobrigense, que aportó la casa que tenía junto a la antigua iglesia
de San Isidoro, cedida para la nueva fundación Paulo V en
1608.
Templo, fundado cuando la repoblación , y la casa estaban en la actual
plaza del Conde, junto al lienzo de la muralla, lo que hacía que dicho
solar fura poco apropiado para el asentamiento de un convento de
clausura ya que carecía del suficiente espacio como para tener huerta y
jardín, pues adosado a la muralla ocuparía una estrecha franja de
terreno entre el palacio de los Castro y la puerta del Conde. Como
recuerdo de la casa aportada por Inés Pacheco de Silva todavía hoy
permanecen en la casa levantada allí en los comienzos de este siglo dos
escudos; uno trae el león rampante de los Silva entre cueros recortados
y el otro es cuartelado: 1º y 4º el león rampante y 2º y 3º las
calderas de los Pacheco. La escasez de espacio debía de producir
continuas molestias a las religiosas, que decidieron optar por una
solución poco ortodoxa, pues no se les ocurrió ni más ni menos que,
abriendo un portillo entre su corto jardín y el de los Castro, ocupar
este palacio, con lo que se produjo la primer guerra de las paredes,
narrada, al igual que las restantes, por Sánchez Terán; encarezco al
lector que consulte su libro Guerras Incruentas dos de las cuales van
referidas a este palacio; una tercera, durante la Guerra de Sucesión,
tuvo por escenario la casa y capilla de Cerralbo. Desde luego estas
monjas no respetaban ni la propiedad privada ni la autoridad episcopal,
que hubo de recurrir a penas canónicas e incluso al más expeditivo
brazo armado.
Fue precisamente, su hermano en religión, el obispo fray Gregorio
Téllez, el que ejerció de mecenas de su convento, levantado en 1739 en
un solar del Campo de Trigo. La construcción del cenobio corrió a cargo
de Manuel de Larra Churriguera, que poco antes había
trabajado
para el prelado mirobrigense.
La fachada principal del mismo cierra la plaza dicha y en ella, además
de una modesta puerta de ingreso al convento se sitúa la iglesia, de
planta de cajón de tres tramos y con coro a los pies, cerrado por una
verja, y cubierta con bóvedas de medio cañón con lunetos; a lo largo
del buque de la nave se abrieron arcos para acoger, como es
frecuente en iglesias conventuales, retablos. Se ilumina a través de
ventanas rectangulares con marcos tan sencillos que carecen hasta de
las cuasi obligadas orejeras. En esta fachada, levantada con sillería
sólo destaca la puerta del templo, cerrada con arco adintelado,
recorrida por un grueso y quebrado bocelón, entre columnas con
capiteles compuestos que sostienen un entablamento, y en lo alto,
adornos apiramidados, en el centro se sitúa el escudo de Castilla y
León sobre placa recortada y una presentación del Corazón de Jesús en
un óvalo rodeado de ornatos abultados de hojarasca y bajo corona. La
devoción al Corazón de Jesús se estaba comenzando a imponer por
aquellas fechas y ésta parece una de sus primeras plasmaciones en
edificios. A los pies de la iglesia existe una modesta espadaña con un
solo vano campanero. Los retablos que adornaron esta iglesia, obra de
Luis González, fueron trasladados, con un criterio más que discutible,
en los años cincuenta de este siglo al seminario y allí se estudiarán.
El ingreso al convento no puede ser más humilde, pues se resuelve con
puerta adintelada sin nada que destaque. A través de ella se accede a
un zaguán, del que se pasa a otra habitación en comunicación con el
claustro, resuelto éste en planta rectangular y alzados de lo más
modestos, pues se prescindió incluso de voltear arcos; sólo en lienzo
tangente con la iglesia existe una galería arquitrabada con columnas
monolíticas con capiteles moldurados que sostienen dinteles de madera.
Las cubiertas de las crujías son armadura holladeras sin ningún interés
y el solado alterna ladrillo y enchinarrado. Los dos pisos claustrales
se comunican por escalera pétrea, sita en la crujía occidental, que
arranca bajo un arco de medio punto. Alrededor del claustro, como es
normal se abrían las dependencias conventuales, construidas,
como
es de esperar de todo lo dicho, con funcionalidad y sin ningún alarde
decorativo. Las celdas son pequeñas y sólo es destacable la existencia
de unas pequeñas hornacinas a modo de alacenas. Al naciente estaba la
casa de la demandadera y otro pequeño patio de las religiosas.
Tampoco la parte zaguera del edificio conventual presenta mayor
interés, pues se reduce a una crujía de sillería, organizada en dos
pisos sin ningún elemento divisorio, con abundantes vanos que en origen
fueron ventanas y luego, en fecha indeterminada, se reconvirtieron en
balcones. Toda esta parte albergó durante muchos años la sede de
juzgados del partido judicial.
Desde luego, bien fuera por la humildad franciscana bien porque los
caudales fueron cortos, aquí no se derrochó ningún real en decoraciones
superfluas y por el contrario sólo se buscó la funcionalidad del
edificio para dar respuesta a esas levantiscas monjas que finalmente
encontraron un asentamiento definitivo, aunque poco lo disfrutaron,
pues en 1810 fue utilizado como cuartel de artillería; las religiosas
volvieron a él para salir definitivamente en 1869, año en que fueron
trasladadas al convento de Santa Clara.
Tras la incautación por parte del Estado, el edificio fue destinado a
cárcel del partido judicial. Las obras de adaptación a su nuevo destino
corrieron a cargo del arquitecto provincial José Secall y Asión, que
firmó el proyecto en 1870 y que las presupuestaba en 4987 escudos; en
el mismo reconocía que aunque esa prisión no puede presentarse como
modelos de los últimos adelantos penitenciarios, el edificio, por sus
sólidos muros de sillería y mampostería y las reformas a introducir,
acabaría sirviendo para el fin destinado, pues permitía la separación
entre las distintas clases de presos por el tipo de penas, edades,
sexo, etc. Y que podría dar cobijo a una población penada de 93
personas. La planta baja se destinaba a hombres y la alta a mujeres.
Toda la reforma estaba prácticamente finalizada, según certificación de
Secall, en enero de 1872.
José Ramón Nieto
González |
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